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En ocasiones ocurre que una película aparece en la Sección Oficial para acabar con ella sin pensárselo dos veces. No engañamos a nadie cuando siempre decimos que en la competición de San Sebastián hay mucha más paja que grano, mucho más Rampart (2011) que High-Rise (2015), su condición de clase A le hace tener que luchar mucho los títulos gordos contra festivales como Cannes o Venecia. En fin, todo el mundo sabrá de lo que hablo. Pero a veces lo consiguen, a veces tienen esa película que está por encima de todo y de todos y que compensa de sobra el haberse hartado a paja el resto de días del festival. Pienso en Misterios de Lisboa (2011), en The Deep Blue Sea (2011), enHadewijch (2009), en Magical Girl (2014)… y este año parece ser el de Bertrand Bonello y su brutal Nocturama.

Ahora toca avisar: en esta crónica hay spoilers, si quieres llegar virgen a la sala, salta al texto de Santi. El director de Casa de tolerancia (2011) arranca su nueva película con una serie de travellings, cámara en mano, siguiendo a jóvenes que se mueven a través del metro como recorriendo el laberinto del minotauro. Estaciones, trenes, relojes, fotos con los móviles. Se cruzan entre ellos sin hablarse, apenas algún roce, juegan al despiste con el semblante serio… parece Elephant (2003) pero sin adaptar el punto de vista game-play deTomb Raider. Un flash-back a mitad de cruzada nos muestra a los jóvenes preparando el acto terrorista múltiple que quieren llevar a cabo. No es cuestión de religión ni de raza, es la puesta en escena del hartazgo frente al capitalismo y a la corrupción política. El lumpen adolescente, con ecos pasolinianos, toma las armas para decir basta y provocar la barbarie. Así la primera hora de la cinta es una danza alrededor de la muerte, con asesinatos a sangre fría y golpes de horror no exento de cierto misticismo -como esa estatua dorada que llora frente a lo que se le avecina-.

A media cinta Bonello cambia de registro y encierra a los jóvenes en unos grandes almacenes a la espera de que amanezca y regresen a sus hogares. El tiempo se detiene. Los jóvenes enemigos del estado juegan a vestirse con ropa cara, a escuchar música a todo volumen, a comer y beber manjares que les son ajenos. De igual forma que los yakuzas de Takeshi Kitano se ponían a jugar en la playa en Sonatine (1993), los protagonistas de Nocturama quedan suspendidos en el vacío del juego infantil, vuelven a ser niños por unas horas, a la espera de que la violencia más brutal vuelva a tomar las riendas de la acción.
A nadie se le escapa lo complejo de la propuesta de Bonello. En una época en que el terrorismo internacional no ha dejado de crear víctimas, especialmente en suelo francés, él crea una película que deposita una mirada romántica sobre los chavales que ponen bombas. Pregunta en voz alta y clara si nos hemos planteado qué es el terrorismo y la forma en la que se pretende acabar con él. Un terreno tremendamente espinoso del que Nocturama puede huir alegando que es sólo cine. ¿Pero es realmente sólo cine?

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